sábado, 19 de diciembre de 2009

Cuatro vidas sobre dos ruedas

Vestidos con su mejor mezclilla, ellos en su pose más ruda y ella en la más sexy que sus escasos 14 años le permiten, se mueven por toda la colonia sintiéndose los reyes del mundo.

El dinero para la motoneta no salió de un bisne muy legal, pero total, alcanzó para comprar la moto y eso es lo que les importa.

El casco nadie lo lleva puesto, para qué, al que le toca le toca y punto. Y por los polis ni se preocupan. Son tan güevones que casi nunca los detienen, y si lo hacen les sueltan para el chesco y ya estuvo.

Ana anda afuera sin el permiso de su mamá, lo bueno que como trabaja doble turno no se entera de las escapadas de su hija al menos de que las chismosas de la calle se lo cuenten, pero eso ahorita no le importa, ella es feliz abrazando la cintura de Joel su novio, el líder del grupito y claro el que siempre maneja la moto.

Santiago se la vive clavado en su mundo y casi nunca habla, en está ocasión le tocó ir sentado atrás de Ana, mejor lugar no le pudo haber tocado, desde siempre ha estado enamorado de ella, pero su inseguridad nunca le ha permitido expresárselo.

El Beto es súper alivianado y como buen amante de la música nunca suelta su iPod, y aunque se lleva bien con Joel discuten mucho, en tono paternal siempre le recuerda: güey si sigues en esas mamadas te vas a meter en un pedo.

Joel es un líder nato, tiene carisma y mucha labia. Desde niño ha tenido que valerse por si mismo, vendiendo chicles, acarreando agua, ayudando a las señoras a cargar su mandado, o en lo que saliera; hasta que se hartó de tanta humillación y le dio por andar robando.

Hoy es la posada de la cuadra donde viven, y aunque los cuatro mueren de ganas por estar en ella, tomar ponche y hasta pegarle a la piñata, no se permiten el lujo de reconocerlo; sólo se limitan a pasar a un lado de la gente: faroleando y aferrándose a un estereotipo que “causa respeto”.

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